lunes, diciembre 18, 2023
Muchachos, The Best, Nosotros...
lunes, noviembre 20, 2023
Sus voces
Van der Putten y Barend ofrendaron un lazo que ata a aquellas denuncias con la eternidad, un lazo que supo atrapar Marta Moreira de Alconada Aramburú y le permitió a esa dama de todas las peleas, la mamá del desaparecido Domingo Alconado Moreira, lanzarle a la humanidad algo que la humanidad aún escucha y no parará de escuchar: «Nosotros sólo queremos saber dónde están nuestros hijos. Vivos o muertos. Pero queremos saber dónde están. Dicen que los argentinos que están en el extranjero están dando una falsa imagen de la Argentina. Nosotros, que somos argentinas, que vivimos en la Argentina, les podemos asegurar que hay miles y miles de hogares sufriendo mucho dolor, mucha angustia, mucha desesperación dolor y tristeza porque no nos dicen dónde están nuestros hijos, no sabemos nada de ellos. Nos han quitado lo más preciado que puede tener una madre: su hijo».
*Periodista, narrador y docente. Texto publicado en agosto de 2023 en Al Toque Deportes.
lunes, octubre 30, 2023
viernes, mayo 19, 2023
El contagio de la creatividad
El contagio de la creatividad, una perfecta herramienta para la educación. Por José Gordon, de Imaginantes.
miércoles, abril 19, 2023
sábado, junio 11, 2022
Galeano sobre Diego, nada menos
Dos cracks, el de la palabra; y el del universo. Eternidad para ambos en ese Cielo que se ganaron en la Tierra.
jueves, noviembre 25, 2021
Abriendo las puertas del cielo...
Bolívar y Humberto 1º, esquina porteña. San Telmo se agita con el tránsito semanal y el turismo transeúnte. En ese rincón urbano, marcado a presión entre dos puertas altas y flacas, una más oscura que la otra, Diego Armando Maradona se estira en su pose icónica para impulsar la pelota con su rodilla derecha. La obra le pertenece a las manos talentosas deDavid Luzza, quien pintó el mural en 2016. Puede que lo hayan visto en el libro Buenos Aires, arte urbano, entre las 100 piezas más bonitas de la ciudad. O, mejor, que se lo hayan encontrado callejeando por ahí. Si no, ya saben donde ir a verlo: Bolivar, a mano izquierda en sentido del tránsito, antes de llegar a Humberto 1º. (Revista Un Caño).
Sí, ahí está el, como su impronta de mago, abriendo las puertas del Cielo, de su Cielo.
Sí, la imagen que también decora nuestra camiseta del Misura Leyendas y tantos rincones del mundo y de la historia y de los cielos de los cielos.
Desde acá, nosotros, modestos terrenales, te decimos lo de todos los días: gracias, perpetuas gracias.
Más:
Ese idilio de Maradona, en Las otras historias de Clarín.com.miércoles, marzo 03, 2021
El fútbol como revolución
La Batalla de Argel (La Battaglia di Algeri - The Battle of Algiers) es una película italo-argelina de 1966 que trata de la guerra de Independencia de Argelia. Fue dirigida por Gillo Pontecorvo, que también participó en el guion y en la música (en este último aspecto, aconsejado por el maestro Ennio Morricone). Los personajes principales fueron representados por Brahim Hadjadj, Jean Martin y Yacef Saadi. La película fue galardonada con importantes premios cinematográficos internacionales.
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Smail y Malika, los padres de Zinedine Zidane, lo podrían contar en detalle. Karim Benzema lo relataría con gusto. El documental Les Bleus lo sugiere de modo impecable. Fútbol de Argelia. Fútbol oculto. También un fútbol que cuenta una historia. De reivindicaciones, de búsquedas, de legitimación.
La guerra por la independencia de Argelia estaba en su momento de esplendor en 1958, cuando un grupo de futbolistas cracks de ese país se marcharon de Francia. El Frente de Liberación Nacional los utilizó para armar un equipo que jugara sin el reconocimiento de la FIFA en algunos países y diseminara el mensaje proindependentista.
Aquel equipo que marcó un antes y un después en la historia del fútbol y de esa nación hizo magia. Viajó por el mundo dando cátedra de fútbol. La FIFA no quería que jugaran. Jugaban igual. Futbolistas de élite en contra de la élite.
Fueron por Europa, por el norte de Africa, China, Vietnam. Era un mensaje más político que deportivo. Pero jugaban como lo que eran: cracks. El mensaje era que Argelia quería ser independiente. No más colonia de Francia. No más la bota imperial.
Corresponde el contexto: la guerra de Independencia de Argelia se desarrolló entre 1954 y 1962 y fue un periodo de lucha del Frente de Liberación Nacional de Argelia (FLN), contra la colonización francesa establecida en el país desde 1830. El seleccionado de argelinos, encabezado por el inmenso Rachid Mekhloufi, representante de la revolución, crack del fútbol francés, fue emblema y cara visible de aquellos días de liberación.
En 1958, la Francia de Kopa -Balón de Oro ese año- y los 13 goles de Fontaine -récord de las Copas del Mundo- hizo historia en el Mundial de Suecia. El entrenador Albert Batteaux, contaba con Rachid Mekhloufi (figura del Saint-Étienne), Mustapha Zitouni (Monaco) y Said Brahimi (Toulouse), tres jugadores nacidos en Argelia. Orgullosos de eso, claro.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, la voluntad de independencia recorrió Argelia, aún colonia francesa. Después de la represión en Setic y Guelma en 1945, el Frente de Liberación Nacional decidió endurecer sus acciones.
El 1 de noviembre de 1954 ejecutó unos treinta atentados encadenados (lo que se conoció como el Toussaint rojo), contra intereses y ciudadanos occidentales y musulmanes identificados con la colonia. Era el principio de la Guerra de Argelia.
Poco antes, los dirigentes del FLN descubrieron un arma añadida de gran poder: el fútbol. El 9 de septiembre, la tierra tembló durante 12 segundos en Orleansville. Hubo 1.400 muertos, miles de heridos y una ciudad arrasada. Se le cambió el nombre: tras ser reconstruida, se la llamó El-Asnam.
Luego, en París se organizó un partido a beneficio para ayudar a las víctimas. Jugaron entre la selección francesa y un equipo random con jugadores del Magreb (marroquíes, argelinos y tunecinos). Cuenta el diario Marca: "Larbi Ben Barek (que ese año había cambiado el Atlético de Madrid por el Marsella) dirigió un triunfo en el Parque de los Príncipes que dejó estupefactos a los franceses, enloqueció a los norteafricanos y alertó al FLN".
En abril de 1958, Francia se asomaba a un Mundial al que abordaba con la percepción de que lo podía ganar (al final fue tercera). Reconstruye el periodista Miguel Angel Lara: "El día 12, una de las referencias de la selección del gallo, Rachid Mekhloufi, se entrenaba con el Saint-Etienne, que se jugaba plaza europea ante el Beziers. Después de ducharse se encontró cara a cara con Mokhtar Arribi (Lens) y Abdelhamid Kermali (Lyon). Su sorpresa al verlos fue mayor al oír su saludo:
-Mañana nos vamos.
-¿Adónde?, preguntó el jugador estrella de Les Verts.
La respuesta de sus colegas fue rotunda:
-A Argelia, a unirnos al combate de nuestros hermanos.
Mekhloufi no lo dudó. Nacido en Setif, la masacre de su ciudad y la de Guelma (más de 10.000 muertos en mayo de 1945) le habían dejado una profunda huella. «Me llamaba mi país, no podía negarme», explicó años después". El fútbol se convertía en revolución.
La guerra terminó en 1962. En cuatro años, el equipo del FLN disputó 91 partidos de exhibición, ninguno en suelo argelino. El recorrido incluyó 65 victorias, 13 empates, 13 derrotas, 385 goles a favor y 127 en contra. Dejaron una huella. Otra huella.
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No caben dudas: a ese equipo le faltó su arquero perfecto. Albert Camus, quien falleció en 1960, dos años después de la formación de ese equipo mágico y dos años antes de la independencia reconocida.
Hubo un día en el que Charles Poncet, amigo íntimo de Camus, tuvo una osadía de las grandes: le preguntó a quien ya tenía el Premio Nobel de literatura entre sus antecedentes qué habría elegido si la salud se lo hubiera permitido: el fútbol o el teatro. Entonces, el brillante escritor nacido en Argelia en tiempos de la ocupación francesa le respondió con la naturalidad de su certeza: "El fútbol, sin dudas".
Camus lo contó alguna vez: "No hay lugar en el mundo en que un hombre pueda sentirse más contento que en un estadio de fútbol". Y agregó otra frase a su recorrido de elogios a ese deporte que abrazó tanto como a las palabras bien escritas: "Después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol". Lo dijo cuando la Copa del Mundo estaba interrumpida por la Segunda Guerra y por sus consecuencias y él ya había escrito dos de sus libros fundamentales: El extranjero (1942) y La peste (1947).

Diario Le Combat, sobre la muerte de Albert Camus.
Su madre, Catalina Elena Sintes, era analfabeta y sorda. Su padre, Lucien Camus, trabajaba en una finca vitivinícola para un comerciante de vinos de Argel. Le pagaban menos que muy poco. Eran días difíciles para los Camus. La Argelia que el pequeño Albert tanto quería era un territorio de postergaciones. El fútbol, entonces, ocupaba ese lugar de pequeño paraíso posible.
No parece ilógico imaginar que ese Camus inspiró a aquel equipo de argelinos rebeldes.
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Tampoco sería raro interpretar que en aquella campaña fundacional del Mundial de 1982, en España, que incluyó la histórica victoria 2-1 ante Alemania Federal, mucho tuvieron que ver aquellos antecedentes.
El Molinón lucía como en las mejores citas. Como cuando el Sporting de Gijón era protagonista central del fútbol español a fines de los años setenta. O como muestra la película Volver a empezar, de José Luis Garci, ganadora del Oscar a mejor película extranjera por esos días. Unas 40.000 personas habían ido aquel 25 de junio de 1982 a presenciar una fiesta de fútbol. Eran casi todos españoles ávidos de Mundial. Pero también había austríacos y alemanes para ver a sus seleccionados en el cierre del grupo 2. Y hasta argelinos expectantes, porque de ese desenlace dependía su histórica chance de superar la primera fase.
Pero la pretendida fiesta del suspenso se transformó en lo más parecido a una vergüenza. Casi el único resultado que clasificaba a los dos europeos sucedió: Alemania se impuso 1-0. Y esa gente -casi toda esa gente- expresó durante y después del partido su fastidio y su decepción. "Tongo / tongo", gritó la mayoría. "Que se beseeeen / que se beseeeen", ironizó otro de los cantitos. El partido también ofreció un tributo al ausente damnificado. El Molinón terminó cantando: "Ar-gelia / Ar-gelia / Ar-gelia".
Sí, por Argelia. Por los herederos de aquella revolución y de aquella Independencia. Nada menos.
jueves, febrero 04, 2021
El fútbol que vence a la guerra

Ese ruido que parece hostil es una preciosa mentira. No se están matando bajo el oscuro cielo de Kabul. Hay disparos que no invitan a dolores inmediatos. Hay gritos que no son desencantos sino hermosos desahogos. Afganistán escucha los sonidos de siempre pero esta vez no lastiman, cuentan otra historia: el fútbol, increíble espejo de tantas cuestiones, es ahora motivo de una felicidad.
Pasaban otras cosas allí hace poco más de una década en tiempos del régimen talibán. En la misma Kabul, los escenarios desoladores se repetían sin interrupciones. Guerras internas, invasiones externas, conflictos diversos. Todo aportó para que el paisaje se deshiciera, para que las grietas y los escombros se apropiaran de cada porción de territorio. Pero también allí, desde las alturas del Tapa Maranjan, había espacio para un asombro: sobre un césped que parecía absurdo para el contexto, que en algún tiempo había sido campo de golf para ocio de los poderosos de turno, los hombres jóvenes jugaban cada tarde al fútbol. Como si se tratara de una tregua en tiempos devastadores. Corrían, pateaban, incluso gritaban una osadía: goles ante los oídos vigilantes de los implacables guardianes talibanes.
Enfrente había un emblema de esos tiempos inaceptables: el estadio Ghazi, el lugar más relevante para el deporte de este país de padecimientos repetidos. Allí cada viernes se ejecutaba, apaleaba, apedreaba y golpeaba a todos los hombres que las autoridades de entonces entendían como inapropiados. El martes era el turno de las mujeres. Ocurría que el viernes era considerado un día santo y por lo tanto las mujeres no merecían el patético honor del castigo en ese día. La gente era obligada a concurrir a los martirios. Las calles eran cercadas con vallas y todos los caminos conducían al estadio, donde camionetas 4x4 pobladas de talibanes con armas inmensas se encargaban de ordenar el listado de los inminentes crímenes. Ahí también ahora, una felicidad sucede: aquellos audaces que gritaban goles, por primera vez en su vida de tropiezos pueden sentirse campeones. No sólo por la gloriosa participación reciente; sobre todo, porque el fútbol sucede con la naturalidad de un amanecer.
El fútbol en Afganistán es la historia de una reconstrucción. Lo señala el periodista Andrés Burgo, siempre afín a estos recorridos periféricos vinculados al deporte: "El 20 de agosto, también sucedió en Kabul algo que excede cualquier resultado. Ese día, después de 10 años, la selección de Afganistán jugó su primer partido como local, y fue en el mismo estadio que los talibanes usaban para sus ejecuciones. Era la época en que se habían prohibido los barriletes (todo lo que estuviera cercano al cielo era ofender a Dios) siguiendo por la libertad física de las mujeres (esa imagen de los burkas tapando los rostros) y en el medio, entre otras tantas cosas, el fútbol. El torneo local estuvo suspendido 15 años y recién volvió a jugarse en 2012. Ahora se disputa la segunda edición". Cambian las sensaciones. En un país y en una región en la que el cricket es el deporte más popular, el fútbol asoma su inmensa cabeza. Y eso también es un síntoma.
La historia retrata al afgano como un seleccionado acostumbrado a perder e invariablemente ajeno a las grandes citas. El primer partido con carácter oficial se disputó recién en agosto de 1941. Y a la distancia, ese 0-0 frente a Irán tiene un carácter casi épico en términos del resultado. Los Leones -como los llaman- jamás jugaron un Mundial ni una fase final de la Copa de Asia. Su único registro en una competición de la FIFA aconteció en los Juegos Olímpicos de Londres 1948. Un partido, una derrota, una demostración: Luxemburgo lo goleó 6-0 en el debut y despedida. Hubo largas ausencias por los dolores y las cicatrices que la vida de este país cuenta.
De repente, por un instante, la escena les pertenece a los olvidados. Mansur Faqiryar, quien nació muy cerca de esos disparos que se animan a celebraciones, es la principal figura de un equipo decididamente ajeno a la elite. Es arquero, ataja para el Oldenburg, de la quinta categoría de Alemania, pero en su país todos creen que es un superhéroe. El Buffon y el Casillas de Kabul. En la semifinal de la Copa Sudasiática atajó dos penales frente a Nepal. En la final, dicen que voló como si fuera el dueño del aire. Por ese motivo recibió un premio: el presidente Hamid Karzai le otorgó 20.000 dólares a modo de reconocimiento por los servicios prestados. También fue premiado como el mejor futbolista del torneo.
Queda claro: los mejores días están sucediendo ahora. También lo cuentan las calles, los parques y los restoranes. Nunca como en el último septiembre se vivió tal fervor alrededor del fútbol en la capital de este país, uno de los más pobres del mundo (ocupa el lugar 175 entre 186 en cuanto a su Indice de Desarrollo Humano, según datos de la ONU). Expresaron las agencias de noticias que el parque central Shar-e-Nau era una fiesta de colores y de entusiasmos, tras la victoria en Katmandú. Allí se transmitió el partido frente a India en pantalla gigante. Un milagro sucedió bajo ese cielo: la gente sintió que podía bailar y cantar y saltar sin que nadie prohibiera ni limitara nada. En paz. Y así lo hicieron hasta bastante después de finalizado el encuentro. En algunos puestos de alimentos y en restoranes se regaló comida. Parecía una fábula. Pero era otra cosa: un auténtico sueño de fútbol capaz de matar a cualquier guerra, al menos por un rato.
Texto publicado en Planeta Redondo, de Clarin.com
La celebración, del estadio a las calles.
jueves, enero 07, 2021
Gracias, Negro
Uno de los grandes relatos de la historia del fútbol argentino, un cuento que dura para siempre: 19 de diciembre de 1971, de Roberto Fontanarrosa.
Aclaración: np hace falta ser hincha de Rosario Central para que te encante.
Para que la cuarentena sea más amena. #QuedateEnCasa y disfrutalo al Negro, ese mago de las palabras y de las picardías.
Gracias, Negro.
sábado, diciembre 05, 2020
Mushuc Runa, retrato de una construcción
Chibuleo es la historia de una reivindicación. Lo cuentan tantos alzamientos indígenas que allí nacieron y que desde allí lucharon en nombre de la restitución de tantos derechos robados. Lo retrata también la tradicional ceremonia de Inty Raymi, ese precioso rito andino en homenaje al Sol; esa ceremonia que en tiempos de los Incas era el más relevante de los cuatro festivales celebrados en el Cusco. Lo que ahora sucede en ese lugar es también otra demostración del impresionante carácter universal del fútbol: Mushuc Runa, el equipo fundado por una cooperativa indígena hace una década, jugará la próxima temporada en la máxima categoría de Ecuador. Y detrás de esta victoria deportiva hay una historia mágica de constancia y de superación.
Allí, cerca de Los Andes, en el sur de Ambato, el fútbol transformó a la comunidad en un fenómeno nacional que, con mucha naturalidad, excede lo deportivo. Es un asombro para toda la sociedad. Y hay un detalle que invita a reflexiones sobre los grandes clubes del fútbol de aquel país y de toda América. Lo cuenta la periodista Marcela Caicedo, del diario El Comercio: Mushuc Runa es -junto a Emelec e Independiente del Valle- uno de los tres equipos que no vive preso de su crisis económica. Es un ejemplo de orden, de cumplimiento de contratos, de respeto por el trabajo ajeno. Caicedo explica: "El espíritu cooperativista de este club se imprime en la vinculación de todos sus miembros en las decisiones y movimientos institucionales, aplicando los principios y raíces de esta clase de sociedades, como son la responsabilidad, la igualdad, la solidaridad, entre otros; los mismos que se han visto reflejados en la austera pero firme economía que Mushuc Runa ha manejado desde su aparición, en el 2003".
La clave de ese éxito más allá del éxito nació bastante antes de que la pelota comenzara a rodar oficialmente bajo el sol de Chibuleo. Lo señalan en su página web los fundadores de la cooperativa: "Cuando a los pueblos indígenas se les consideraba aptos sólo para la agricultura, ganadería y otras actividades relacionadas al campo, nadie pensaba que podíamos administrar una institución financiera. Cuando las instituciones financieras tradicionales calificaban a los indígenas al igual que a los sectores urbano-marginales como sujetos de crédito de alto riesgo, poco confiables y no rentables, nace la Cooperativa de Ahorro y Crédito". Ahora, aquella búsqueda surgida en 1997 es también un milagro que late de fútbol.
El nombre que eligieron aquellos 38 campesinos de Chibuleo y de sus zonas cercanas (como Pilahuin y Quisipancha, en la Provincia de Tungurahua) fue un mensaje: Mushuc Runa significa "Hombre Nuevo" en kichwa, su idioma. Cuentan que cuando lo decidieron estaban pensando en aquel concepto de Ernesto Guevara, el Che. Luego, el entusiasmo por el fútbol y el paso firme de la cooperativa le dieron lugar a este encantador equipo de los indígenas. En este territorio, donde las mujeres también juegan al fútbol y organizan campeonatos a tal efecto, el Mushuc Runa es un hermoso espejo en el que mirarse. Y reconocerse.
En días recientes, le tomaron al plantel la foto oficial. En ella, los futbolistas y el cuerpo técnico lucían como los hinchas en las calles y en las tribunas, en las terrenos agrícolas y entre las piedras: esos ponchos rojos que le valen el apodo al Mushuc Runa, Los del Poncho o El Ponchito, como algunos medios nacionales eligieron mencionarlo tras el histórico ascenso, conseguido tres fechas antes de finalizar la temporada. Allí, estaba el entrenador, el argentino César Vigevani, el mismo que en el día de la consagración se puso una camiseta con una leyenda que excedía la alegría de lo deportivo: "Orgulloso de ser indígena". También ofreció palabras entonces: "Teníamos hambre de hacer historia. Y la hicimos. Es una felicidad poderle ofrecer este ascenso a esta gente". Lucía emocionado.
La campaña del Mushuc Runa fue una suerte de fiesta a cada paso. Ganó la Primera Etapa con 17 victorias en 22 partidos, dejó atrás a instituciones habituales de la A como Olmedo (campeón ecuatoriano en 2000), Aucas y Espoli. Decayó un poco en la Segunda Parte, pero la tabla general lo llevó a la serie A tras 24 triunfos en 44 encuentros. Así fue subcampeón (detrás de Olmedo), siete puntos delante de Imbabura. Ahora van por más. Para la próxima campaña ya contrataron a tres argentinos: el arquero Sebastián Blázquez y los delanteros Federico Almerares y Maximiliano Barreiro.
El día del partido del gran salto a la A, en noviembre ante Técnico Deportivo, el presidente Luis Alfonso Chango agradeció a todos por esa campaña: desde el goleador Bryan Rodríguez hasta cada uno de los hinchas que decoraban el ambiente con globos rojos y verdes. Chango, emprendedor indígena, no sabía que el fútbol podía hacer llorar de alegría. Lo aprendió esa tarde. Desde mucho antes venía enseñando una lección: para ser vistas, algunas cosas primero tienen que ser creídas.
Texto publicado en Planeta Redondo, de Clarin.com.
miércoles, noviembre 25, 2020
Diego, Eterno
Por Walde
Maradona nunca te deja a pie. Está ahí. Y no ante esta maldición de su despedida al cielo, que él mismo construyó.
Diego está y estará siempre.
Aunque tenga el pasaporte del Reino de España, siempre uso el Azul. El de mi país, el de Argentina, el de Diego.
Porque con el Azul zafé de un tiroteo en el desierto de Omán. Y porque me sirvió para zafar de una multa -a mí y a varios compañeros- en territorio de los Emiratos Arabes Unidos.
Porque entrar en Heathrow -el principal aeropuerto de Londres- significa que te pregunten, incluso viendo tu pasaporte:
-Where are you from? (De dónde sos?)
-Diego's Land. (La Tierra de Diego)
Porque los dos goles duran para siempre. Eso sí, como diría Sacheri: me van a tener que perdonar, prefiero el de la mano.
"Es por los pibes", gritó en el 86 el capitán de 25 años. Los pibes eran los muertos de Malvinas, cuatro años antes.
De ahí vengo. De acá somos. De la tierra en la que acaba de pasar a la eternidad el mejor futbolista de todos los tiempos.

Hinchas en la Plaza Mayo pintan una bandera de Maradona. (Foto: Marcelo Carroll)
Fue crack y es crack. Ese gordito, repartidor de alegrías, nos llenó el alma. Desde que jugaba y para siempre.
Estuve en Malvinas en 2009. Les repetí una verdad: "I'm from Diego's Land". Sí, la Tierra de Maradona. No me querían hablar en nuestro idioma en el Gift Shop. Y la maradoneé: "Hablame en mi idioma o no te compro nada".
No compré nada.
En el nombre de Diego. Y de la Mano de Dios.
Texto publicado en Clarín
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Nota: Blog cerrado por duelo hasta nuevo aviso.
domingo, octubre 04, 2020
Adiós Querido Doctor

De repente, un domingo se hace velorio de una ciudad, de un país, de un deporte. La noticia sucede y se hace un golpe en la cabeza de los que lo quieren, de los que lo abrazaron, de los tantos y tantos que lo vieron jugar por los rincones del mundo: Sócrates -el Doctor, el crack que defendía como pocos el carácter lúdico del fútbol y el militante de las causas de los postergados- dejó de existir bajo el cielo de ese país al que representó y adoró, Brasil. El homenaje sucedió en simultáneo con la despedida: en cada estadio donde el Brasileirao se estaba disputando hubo un minuto de silencio y aplausos reverenciales; en Ribeirao Preto -a 280 kilómetros de San Pablo- los más cercanos y muchos admiradores lloraban su adiós y recordaron a sus modos su recorrido épico y su compromiso más allá del verde césped. En Florencia, esa ciudad que también lo tuvo como orgullo y como elegante mediocampista, sucedió lo mismo. También allí, en el estadio Artemio Franchi, una bandera de la Curva Fiesole sostenía: "Il Dottore vola in cielo a fare un tacco da Dio" (El Doctor vuela al cielo para hacerle un taco a Dios").
En el cementerio Bom Pastor, había caras de todos los orígenes: amigos del futbolista destacado, chicos de favela, compañeros universitarios de su carrera de médico, vecinos respetuosos, fanáticos en silencio inevitable, familiares cercanos y no tanto. "Todo el mundo sabe la importancia de Sócrates para el fútbol y para el país", dijo Raí -su hermano, figura del San Pablo en días felices- y recordó la condición de luchador inquebrantable contra la dictadura sucedida en Brasil. Habló de aquellos tiempos de militancia de un Sócrates que se animaba a protestar y a decir en los días bravos en los que el poder del gobierno de facto dictaba normas y obligaba a silencios. Cerca de Raí estaba Walter Casagrande, ex delantero del Corinthians y del seleccionado canarinho, actual comentarista de la TV Globo. Lucía roto. Dijo cuatro palabras entre sollozos: "Se fue mi superhéroe". Ese mediocampista que parecía capaz de todo generaba ese tipo de adhesiones y de sensaciones.
Lo escribió Ronaldo, otro crack de la misma tierra, en su cuenta de Twitter, apenas enterado de la noticia: "O dia começou triste. Descanse em paz Dr. Sócrates..." ("El dìa comenzó triste. Descanse en paz, Dr. Sócrates..."). El resto del dolor lo dijo callando. La presidenta Dilma Roussef le puso palabras al lamento de todos: "Brasil ha perdido a uno de sus hijos más queridos: el doctor Sócrates". En su comunicado oficial destacó la "genialidad en el campo de juego y el compromiso político y su preocupación con el pueblo de nuestro país". Lula da Silva -el inmenso líder latinoamericano, el hincha del Corinthians- expresó sobre el hombre que se fue de este mundo después de 57 años: "Se va un ejemplo de ciudadanía, inteligencia y conciencia política. Se va también un amigo". Y agregó: "Su contribución al Corinthians, al fútbol y a la sociedad brasileña jamás será olvidada. Por todo eso, Gracias Doctor".
El estadio Pacaembú, el último domingo, vivió una jornada atravesada por todas las sensaciones: el vacío, el llanto, la gratitud, el festejo contradictorio, el clásico, el respeto, el dolor, la fiesta inevitablemente dosificada. Corinthians necesitaba -y consiguió- apenas un empate en el clásico frente a Palmeiras para consagrarse en el Brasileirao por primera vez desde 2005, en aquellos tiempos de Carlitos Tevez ídolo del Timao. En las tribunas, el adiós a Sócrates había modificado el escenario de la inminencia de otra vuelta olímpica. Las banderas contaban de qué se trataba la jornada: "Obrigado Doutor" ("Gracias Doctor") decían por cada costado del estadio. El crack que tanto habían querido y que tan grande los había hecho ya no estaba. Hubo silencio y aplauso unánime para evocarlo.
Escribió Diana Renée, de la agencia DPA, en una necrológica que tituló con unas pocas palabras que cuentan a Sócrates ("Un intelectual y artista del fútbol"): "Fue durante dos décadas uno de los símbolos de una de las eras doradas de la selección brasileña, cuyo estilo alegre y ofensivo encantó el planeta, especialmente en el Mundial de España 1982. El fracaso en el intento de la 'verdeamarela' de conquistar el título en España -que se repitió en México 1986- no borró el encantamiento dejado por el equipo dirigido por Telé Santana y comandado por estrellas como Zico, Paulo Roberto Falcao y por el mismo Sócrates, que está hasta hoy considerado como uno de los mejores que ha formado Brasil en su historia". Tales Azzoni, en Terra, escribió en la despedida: "Dentro y fuera de la cancha, el ex astro brasileño de fútbol Sócrates se destacó sobre el resto. Su elegante estilo de juego y su profunda participación política le hicieron una figura única en el fútbol de Brasil, en su tiempo de jugador e incluso en la actualidad. Dejó su huella como capitán de la selección de Brasil en la Copa del Mundo de 1982, considerada por muchos como el mejor equipo que no haya ganado el certamen. Era sabida su afición a la bebida, que él reconoció públicamente y que le causó los problemas de salud que eventualmente llevaron a su fallecimiento".
Antonio Falcao brindó la armonía de sus palabras para contarlo: "Fue la antítesis del buen atleta: estaba en contra de los entrenamientos individuales o colectivos y de la abstinencia -sobre todo del sexo, alcohol, tabaco, juerga nocturna y guitarra (que tocaba). Hasta su nombre se escapaba de lo convencional: Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira. Estudió medicina mientras jugaba, se expuso en la política y vio el binomio directivo-jugador desde la óptica de las relaciones laborales. Se entregó a la ciudadanía con ahínco, siendo intransigentemente solidario con los compañeros de profesión. Para emplear el término típico de la inútil y necia dictadura militar brasileña, Sócrates era subversivo. Aunque, desde el punto de vista estrictamente democrático, un cordial y saludable subversivo, de gran utilidad a la humanidad".
Siempre estuvo orgulloso de su mirada del mundo, de sus mensajes, esos que en tiempos de futbolista se animaba a ofrecerlos desde una vincha que se convirtió en su marca registrada. En los 80, por ejemplo, este admirador del Che Guevara fue partícipe e ideólogo de una búsqueda que asombró a su país y a su deporte: el Movimiento Democrático Corinthians, que hizo que el club paulista llevara a cabo elecciones democráticas internas. Un símbolo inequívoco del rechazo a la dictadura, que ya comenzaba a retirarse tras dos décadas en el poder. Se manifestaba de izquierda. Y de su admiración por Fidel Castro surgió el nombre de uno de sus hijos. Sobre eso, Sócrates contó alguna vez, en una entrevista para la BBC, la siguiente anécdota: "Cuando le puse a uno de mis hijos Fidel, mi madre me dijo: 'Es un nombre un poco fuerte para un niño'. Y le respondí: 'Madre, mira lo que me hiciste a mí'". Cuentan que también se podría haber llamado John, por Lennon, otro de sus personajes más apreciados.
Sus compañeros lo elegían como líder, naturalmente. Los rivales se paseaban cerca de él entre el respeto y la admiración. El diario El País, de España, consultó a varios de los que lo tuvieron enfrente. Contó Andoni Zubizarreta, arquero de España, quien lo enfrentó en el Mundial de México 1986: "Le recuerdo escuchando los himnos antes del partido con aquella cinta en el pelo que recordaba a los más desfavorecidos. Era en el estadio Jalisco justo antes de mi primer partido en un Mundial y para mí era el recuerdo del mágico Brasil que cayó contra Italia en España 82. Era el fútbol poderoso y elegante de un jugador que reunía la potencia del fútbol alemán y la sutileza del mejor brasileño. Siento que se nos ha ido un romántico del fútbol... un grande del balompié". Dino Zoff, arquero campeón del mundo con Italia a los 40 años, recalcó: "A mí me marcó un gol en el Mundial del 82... por el que recibí criticas. Sócrates era el clásico jugador que cuando chutaba metía el balón donde nunca te lo esperabas. Era una persona de bien y un jugador inteligente y con gran clase".
Su esposa Katia Bagnarelli no estuvo en el velatorio en Bom Pastor. Estaba empezando a cumplir el deseo del hombre al que acompañó hasta el último de sus minutos: Sócrates pidió que en su despedida hubiera una fiesta. Según señala el diario Folha de Sao Paulo habrá una celebración a pedido del crack que desde ahora será mito y añoranza. Allí estarán, entre muchos de sus amigos más íntimos, los músicos Raimundo Fagner y Zeca Baleiro. El primero cantará una de sus canciones más conocidas, Sorriso novo (Sonrisa nueva): "Não se pode prender uma asa de luz / Que brilha junto a toda segredo que há / E sempre viverá / Mesmo em quem não entenda / Que aquilo que viveu não se retocará" ("No se puede encender un haz de luz / Que brilla sobre todos los secretos que hay / Y que siempre vivirá / Incluso en aquellos que no entienden / que lo que se vivió no se modificará"). Esa letra nació en 1982, en aquel tiempo en el que todos querían jugar como Sócrates. Y ahora sonará de nuevo. Para siempre.
Más:
Otros detalles, en Planeta Redondo, de Clarín.
jueves, septiembre 03, 2020
El fútbol según Mandela
Nelson Mandela está en todos lados. Late en los rincones, se hace gigantografía al paso, se lo escucha contando búsquedas y reivindicaciones desde las grabaciones de viejos discursos que se venden en CDs en los locales del elegante Waterfront de Ciudad del Cabo. Sonríe en las fotos, mira contento. Está ahí, de alguno o de todos los modos. Una chica de ojos claros que nació en territorio europeo y luce más que guapa tiene una remera ajustada que lo cuenta: "46663 / I'm Madiba's neighbour" (soy vecino de Mandela). El líder histórico de Sudáfrica, ese país que no para de seguir naciendo, ocupaba la icónica celda 46664, con idéntico número de preso. Por eso, también sucede el merchandising al respecto. La escena pertenece al Mundial de 2010 y resulta el perfecto ejemplo de la dimensión de ese hombre. También, de su vínculo con el deporte y con su modo de entender el mundo.
A unos metros de esa escena un ferry invitaba a conocer Robben Island, la isla en la que Madiba permaneció preso durante casi tres décadas. Un arco que ya no podría cumplir con sus viejas funciones retrataba un pasado. Los presos, casi todos negros y amigos de la intención de un mundo multicolor, querían jugar el fútbol. No los dejaban en aquellos primeros años de la década del sesenta. "Al principio teníamos que jugar a escondidas, en nuestras celdas, fabricando los balones con papeles, ya que estaba prohibido. Si nos descubrían jugando nos castigaban de varias formas, como no darnos de comer", contó alguna vez Tony Suze, uno de aquellos presos.
Intervino la Cruz Roja para que aquellos oprimidos pudieran tener un rato de su deporte más deseado: el fútbol. Los dejaron jugar apenas cuarenta minutos por sábado. La pasión pudo más: desde el fondo de las restricciones, armaron una Liga. Fueron ocho equipos los que comenzaron aquel pequeño mundo que tanto excedía el maltrecho campo de juego: Manong, Rangers, Hotspurs, Dynamo, Bucks, Ditshitshidi, Gunners y Black Eagles. Mandela no jugaba en aquellos sábados, pero sí participaba en la construcción de ese espíritu colectivo que el fútbol representaba.
El periodista Miguel Lara lo escribió alguna vez en el diario Marca: "El fútbol iba más allá de los partidos. La biblioteca de la prisión comenzó a llenarse de literatura deportiva. La estrella era 'Soccer Refereeing' (El arbitraje en el fútbol), una obra de Denis Howell. La obra del político laborista británico, que escapó a una bomba del IRA en su coche y que era un enemigo abierto del racismo del gobierno de Pretoria, se convirtió en el segundo libro más leído en Robben Island por detrás de 'El Capital'. Los guardianes de la prisión no censuraban la obra de Karl Marx pensando que con ese título los presos consultaban una obra que iba a hacer entender a los comunistas que estaban equivocados". El fútbol, deporte de negros en aquella Sudáfrica de rugby blanco y exitoso, resultaba un lugar de encuentro. Los abrazos de gol eran mucho más que eso. Así contaban que ellos estaban juntos.
Dennis Brutus tampoco jugaba frecuentemente al fútbol. Pero lo escribió allí, en una de esas celdas que ahora son memoria: "Vendrá un tiempo./ Vendrá un tiempo, esto creemos,/ cuando la forma del planeta / y las divisiones de la tierra / serán de menos importancia. /Estaremos capturados en la luz de la amistad./ Una estrella roja de esperanza / iluminará nuestras vidas./ Una estrella de esperanza./ Una estrella de gran alegría./ Una estrella de libertad". El era poeta, pero sobre todas las cosas era un soñador de esas causas justas a las que Mandela convocaba. Su piel blanca y su barba blanca no condicionaban su búsqueda: él quería un mundo de todos los colores. Entró a Robben Island con la única cara posible: la de un dolor, la de una militancia. Y allí estuvo, también, aplaudiendo jugadas de las que no mucho entendía.
Allí, en ese mismo espacio de cautiverio convivieron muchos de los héroes de una idea que luego se hizo país y que con aquella impronta se transformó en el Primer Mundial de Africa. La isla había sido utilizada como colonia de leprosos entre 1836 y 1931. Pero su condición de máximo emblema de la represión aconteció en tiempos del apartheid. Entre esos prisioneros de aquellos días se enumeran Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Robert Sobukwe y Kgalema Motlanthe. Los mismos nombres que permitieron que ahora la bandera de Sudáfrica sea más colorida que cualquier otra. Y el fútbol, aquella Liga tan periférica y tan mágica, les había mostrado también que juntos eran mejores.
La final del último Mundial ofreció una escena que lo excedió y que lo excederá. Mandela estuvo allí, antes de que España le ganara a Holanda, saludó a todos con su manito mansa, escuchó el chillido intenso de tantas vuvuzelas, miró, sonrió. Emocionarse fue la consecuencia inevitable de los presentes. Lo contaron y lo cuentan varios de los periodistas y/o comentaristas que allí sentados estuvieron: Danilo Díaz, Iván Zamorano, Federico Kotlar, Juan Lagares, Gustavo Flores... La lista podría ser interminable. Mandela había logrado algo inmenso. En aquella aparición, la última en espacio público, lucía la cara del hombre que tanto había hecho. Era el rostro preciso de una felicidad que no era solo de él sino de tantos que lo rodeaban bajo el cielo de su tierra.
Lo sabe la FIFA y lo sabe el mundo: si Sudáfrica fue la sede de la última Copa del Mundo mucho tuvo que ver Mandela, ese señor que entendió -quizá como ningún otro- que el deporte era un precioso escenario para mostrarse al mundo, para ofrecer mensajes, para comprenderse incluso más allá de colores, de ideas, de orígenes. En la misma Ciudad del Cabo desde la que se accede a Robben Island, algún ciudadano de a pie lo escribió con los retazos de un inglés aprendido a los tropiezos, en una de las calles menos favorecidas: "Para ser vistas, algunas cosas primero deben ser creídas". Madiba lo sabía desde los tiempos en los que -como castigo- le impedían ver los partidos de fútbol en la Isla de la Memoria. Pero lo que sus ojos no podían mirar; sus oídos lo escuchaban: algún preso siempre le regalaba un grito de gol.
Texto publicado por el fundador del Blog en Planeta Redondo, de Clarin.com
martes, agosto 11, 2020
El arquero de las manos rotas

De Nicolae Ceaucescu se contaron y se cuentan las peores cosas. Fue la máxima autoridad rumana entre 1965 y 1989 y condujo al país con el rigor de los peores dictadores. Retrató en su tiempo el diario El País, de Madrid, sobre el final de sus días: "Ceaucescu y su mujer gobernaron el país durante 24 años con mano de hierro, con un culto a la personalidad de ambos insólito en Europa y una represión de monstruosas proporciones". El matrimonio fue ejecutado en 1989 tras una sentencia condenatoria por delitos de genocidio, demolición del Estado y acciones armadas contra el pueblo, destrucción de bienes materiales y espirituales y de la economía nacional y fuga de US$ 1.000 millones hacia bancos extranjeros.
Eran tiempos difíciles en Rumania. Y el fútbol servía de retrato de la interna del poder y de maquillaje público para ocultar la verdadera cara del país. El enfrentamiento entre el Ministerio de Defensa y el Ministerio de Asuntos Internos se veía a partir del Marele Derby (El Gran Clásico) entre el Steaua y el Dinamo, ambos de Bucarest. Esta situación tuvo sus mayores expresiones en la década del 80. Entre 1981 y 1984 dominó el Dinamo; desde entonces hasta la caída de Ceaucescu fue el tiempo del equipo del ejército, Steaua.
Dentro de ese contexto hay un personaje emblemático: Hemult Ducadam, arquero del Steaua que en 1986 se convirtió en el primer equipo de Europa del Este en ganar la Copa de Campeones. El escritor húngaro Gyorgy Dragoman se inspiró en aquellos tiempos para el relato de su novela El Rey Blanco. Al momento de la presentación del libro, consultado por el diario La Vanguardia, evocó al arquero de lo imposible: "Ducadam detuvo nada menos que cuatro penales en la final de la Copa de Europa del 86. Era un héroe nacional. Pero, tras aquella final, desapareció del mapa. Corrían muchas leyendas urbanas sobre él. Yo, como muchos, creía que estaba muerto. Se decía que el dictador o su hijo le habían torturado, celosos de su popularidad o porque no les quiso dar un Mercedes que le habría regalado el presidente del Real Madrid. Sin embargo, como si no hubiera pasado nada, un día, en el 2002, puse la tele y lo vi hablando, en una entrevista".
En aquella ocasión, Ducadam relató una historia tremendamente real y curiosamente inverosímil: Steaua tuvo que jugar y entrenarse en Rumania tras el accidente nuclear de Chernobyl, en 1986, poco antes de la final frente al Barcelona, en Sevilla. La recomendación para los arqueros era terrible: "No toquen mucho la pelota porque puede tener partículas radiactivas en su contacto con el césped". Dragomán explicó sobre ese detalle: "La idea de un portero de fútbol que tuviera que huir del balón me pareció de un absurdo total, hasta tal punto que sólo un niño podría contarla sin parecer un bromista". Por eso, un niño es el protagonista de su novela.
La final de Sevilla, disputada en mayo de 1986, lo catapultó a Ducadam a la condición de figura y luego, a la de mito. Hijo de padres alemanes y nacido en Selinac, residencia de muchos rumanos de raza germánica, el inmenso arquero contó el día de la consagración: "Yo creo que hay otros porteros mejores. A mí me gustan Schumacher y Arconada, aunque siempre admiré a Gordon Banks. Además, para mí el mejor equipo europeo es el Dinamo de Kiev". Su modestia no lo salvó de las garras del régimen.
Tras transformarse en el Héroe de Sevilla al detener los remates de Alexanco, Pedraza, Pichi Alonso y Marcos, Ducadam sufrió una grave lesión que luego le impediría jugar la final Intercontinental contra River, en Japón. La versión oficial indicó una trombosis en el brazo. Pero el fantasma de la sospecha siempre abordó esta historia. Es curioso: ni el propio protagonista lo confirmó jamás. Pero en Bucarest casi nadie duda: a Ducadam le rompieron las manos con las que había hecho campeón al Steaua.
La leyenda urbana señala que había un hombre muy feliz por la derrota del equipo catalán: Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid. Era lógico: Barcelona seguía sin poder ser el Rey de Europa. Cuentan que su alegría la hizo premio: le regaló a Ducadam un Mercedez Benz, una tentación de casi imposible acceso en el régimen de Ceaucescu. Nicu -hijo del presidente del país y mandamás del Steaua- reclamó el auto para él. No hubo caso, Ducadam no cedió. La creencia indica que le rompieron los diez dedos. Lo cierto es que recién volvió a atajar tres años más tarde, pero en un equipo menor, el Vagonul Arad.
Aunque nadie lo confirmó, la versión no parece una locura. Sobre todo, considerando que todo tipo de caprichos de los Ceacescu eran concedidos entonces. También en el ámbito del fútbol. El mejor ejemplo lo exhibió la final de la Copa de Rumania en 1988: hasta los 43 minutos del segundo tiempo el partido estaba igualado en uno. Entonces, el Steaua le convirtió un gol al Dinamo que el árbitro, correctamente, anuló por una posición adelantada. Ante lo que consideraban un despojo, los dirigentes retiraron al equipo de la cancha. Esa misma noche, una orden del Ministerio de Defensa prohibió a los medios publicar la crónica de ese encuentro. La resolución obligaba a esperar la decisión final de la Federación. Dos días después, el fallo era inequívoco: "El campeón es Steaua". A esa altura, el arquero de las manos rotas trataba de recuperarse lejos de esa final, entre olvidos.
Publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo. El texto inspiró el tema "El héroe de Sevilla" del grupo Viejo Smoking.




